Prensa, durante el mes de septiembre medios de Prensa entrevistan a la Gerente Elvira Fafian

Pavel clava el trípode de su cámara entre la maraña de matorrales y ruinas que un día fue Esblada, un pueblo de la provincia de Tarragona, en el que hoy cuelga el cartel de “se vende”. Pavel y un reportero de la televisión rusa han viajado hasta aquí para documentar un fenómeno que causa fascinación más allá de nuestras fronteras: la venta de pueblos abandonados a precio de saldo, en un país en crisis, con un campo crecientemente despoblado. Fuera, en la mayoría de los países los pueblos no se abandonan. Por eso, los cerca de 3.000 que hay en España y que un día tuvieron vida, representan para algunos extranjeros una oportunidad de inversión única; para otros, una exótica pieza de museo al alcance de sus bolsillos; casi un sueño.
Los reportajes emitidos en las televisiones de toda Europa, del mundo árabe y hasta de Australia sobre los pueblos fantasmas españoles han provocado una avalancha de potenciales compradores. Las noticias de que por la mitad de precio de una plaza de garaje en Londres –titular del Daily Mail de mayo- es posible comprarse un pueblo en España han permitido soñar a un ejército de urbanitas desencantados e inversores a la caza del chollo. Por el camino, han descubierto la España interior, en la que no se bebe sangría ni hay 365 días de sol al año; en la que se respiran siglos de historia y una belleza que cautiva. El ruidazo mediático ha reportado sin embargo escasas nueces por el momento y no paraece que vaya a resultar una solución a al despoblación del campo español. Mientras el campo español –y los herederos empobrecidos- esperan con los brazos abiertos el maná, los Mr. Marshall de este mundo no acaban de llegar. Excesiva burocracia, rehabilitaciones muy costosas e impedimentos para acceder al crédito es parte de la tozuda realidad con la que se topan soñadores e inversores.
MÁS INFORMACIÓN
Casi 900 pueblos han desaparecido en los últimos 15 años
La doble crisis del campo
La ciencia resucita aldeas
“Recibimos una media de 150 correos electrónicos al día; la mayoría se interesan por la venta de pueblos”, informa Elvira Fafián, gerente de aldeasbandonadas.com, el portal de venta de pueblos que casi monopoliza este mercado. En torno al 70% de las consultas proceden de extranjeros. “En 2014 hemos notado una demanda muy fuerte. No damos abasto. Esto ha sido un boom”. Los principales interesados que les contactan son suizos, alemanes, mexicanos, rusos, chinos y estadounidenses. Dice Fafián que los extranjeros sienten que la crisis ha desplomado los precios y que si compran ahora poco menos que serán millonarios dentro de diez años. El cerca de un centenar de pueblos que se anuncian en el portal de Fafián oscilan entre los 60.000 euros y los dos millones.
Las 14 casas de Esblada, el pueblo donde graba Pavel, se venden por 280.000 euros. En su día, debió ser una preciosa aldea agrícola incrustada en la sierra de Ancosa, pero hoy es un conjunto de restos de muros de piedra recubiertos de jara, entre los que apenas se adivinan los senderos que fueron calles y los espacios que hace décadas fueron plazas. Esblada lleva medio siglo deshabitada, desde que cerró la fábrica de insecticidas y la producción de carbón vegetal se industrializó.
José Ramón Castro y Alicia López, únicos habitantes de un pueblo de Ribera Sacra gallega. / EL PAÍS
El caso de Esblada ilustra bien una de las grandes dificultades a la hora de vender estos pueblos. Puede que tengan precios de risa, pero el coste de las reconstrucciones es varias veces superior al de la venta. Cuando los extranjeros que aterrizan en España cargados de ilusión sacan la calculadora y el pragmatismo se impone. El desfile de potenciales es continuo, certifica Ramón Martín, un vinatero afincado al otro lado de la carretera, junto a la iglesia. Un grupo de jóvenes catalanes y un chino son los que de momento han mostrado un mayor interés. El vendedor es un banco que se lo embargó al anterior propietario que quiso montar un negocio rural y fracasó.
Pavel clava el trípode de su cámara entre la maraña de matorrales y ruinas que un día fue Esblada, un pueblo de la provincia de Tarragona, en el que hoy cuelga el cartel de “se vende”. Pavel y un reportero de la televisión rusa han viajado hasta aquí para documentar un fenómeno que causa fascinación más allá de nuestras fronteras: la venta de pueblos abandonados a precio de saldo, en un país en crisis, con un campo crecientemente despoblado. Fuera, en la mayoría de los países los pueblos no se abandonan. Por eso, los cerca de 3.000 que hay en España y que un día tuvieron vida, representan para algunos extranjeros una oportunidad de inversión única; para otros, una exótica pieza de museo al alcance de sus bolsillos; casi un sueño.
Los reportajes emitidos en las televisiones de toda Europa, del mundo árabe y hasta de Australia sobre los pueblos fantasmas españoles han provocado una avalancha de potenciales compradores. Las noticias de que por la mitad de precio de una plaza de garaje en Londres –titular del Daily Mail de mayo- es posible comprarse un pueblo en España han permitido soñar a un ejército de urbanitas desencantados e inversores a la caza del chollo. Por el camino, han descubierto la España interior, en la que no se bebe sangría ni hay 365 días de sol al año; en la que se respiran siglos de historia y una belleza que cautiva. El ruidazo mediático ha reportado sin embargo escasas nueces por el momento y no paraece que vaya a resultar una solución a al despoblación del campo español. Mientras el campo español –y los herederos empobrecidos- esperan con los brazos abiertos el maná, los Mr. Marshall de este mundo no acaban de llegar. Excesiva burocracia, rehabilitaciones muy costosas e impedimentos para acceder al crédito es parte de la tozuda realidad con la que se topan soñadores e inversores.
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Las 14 casas de Esblada, el pueblo donde graba Pavel, se venden por 280.000 euros. En su día, debió ser una preciosa aldea agrícola incrustada en la sierra de Ancosa, pero hoy es un conjunto de restos de muros de piedra recubiertos de jara, entre los que apenas se adivinan los senderos que fueron calles y los espacios que hace décadas fueron plazas. Esblada lleva medio siglo deshabitada, desde que cerró la fábrica de insecticidas y la producción de carbón vegetal se industrializó.
José Ramón Castro y Alicia López, únicos habitantes de un pueblo de Ribera Sacra gallega. / EL PAÍS
El caso de Esblada ilustra bien una de las grandes dificultades a la hora de vender estos pueblos. Puede que tengan precios de risa, pero el coste de las reconstrucciones es varias veces superior al de la venta. Cuando los extranjeros que aterrizan en España cargados de ilusión sacan la calculadora y el pragmatismo se impone. El desfile de potenciales es continuo, certifica Ramón Martín, un vinatero afincado al otro lado de la carretera, junto a la iglesia. Un grupo de jóvenes catalanes y un chino son los que de momento han mostrado un mayor interés. El vendedor es un banco que se lo embargó al anterior propietario que quiso montar un negocio rural y fracasó.
Otros:
http://ccaa.elpais.com/ccaa/2014/08/02/catalunya/1407005002_579032.html