Y la última molinera, recuerda su historia, «Si yo ya soy mayor y no tengo memoria. Se me olvidan muchas cosas». Esto es lo primero que responde Pilar Andrés cuando la llaman para preguntar por la venta de uno de sus más preciados tesoros. Prensa ABC
Allí, en la hondonada que ha esculpido durante siglos el río Bornova, que es el motor que hacía funcionar este molino, un edificio de piedra y pizarra, materiales característicos de la arquitectura negra de la Sierra Norte de Guadalajara, es donde Pilar ha vivido y trabajado como un mulo, en este caso como una mula, durante décadas. La nostalgia es el sentimiento que más la embarga y, de hecho, últimamente, desde que sus hijos vendieron recientemente el molino, se le saltan las lágrimas cada vez que habla de ese tiempo que para ella fue muy bonito, quizá el más feliz de su vida, pese a tanto esfuerzo. Leer articulo completo























